miércoles, 29 de octubre de 2025
sábado, 16 de marzo de 2024
Mi opresor
Por Frank Armando Clemente
--- ¡Guau!---Pensé. Muy en mi interior. En el rincón más apartado de mi mente. Abrí un poco mis ojos, solo unos pocos milímetros, dejando entre mis parpados un ínfimo resquicio por donde no podría pasar ni el más melancólico suspiro. Tardé un par de vidas en hacerlo. Después me quedé allí, inmóvil, con la mirada fija sobre aquel mísero techo de concreto que, aunque de astroso y mustio rostro, se había portado amable conmigo, dándome las “Buenas Noches” y los “Buenos Días” por casi ya un infinito año. No deseaba realizar algún otro movimiento para no alertar al infame opresor. Pero, después, no vi sentido quedarme en aquel estado por tiempo indefinido, como dormido, como un olvidado maniquí en el desván de una casa abandona. Desplacé entonces la mirada a lo largo de aquella estrecha abertura entre mis parpados con lentitud y sigilo. Luego, cerré los ojos, con deseo de manifestar aquella inmensa alegría que me invadía al no ver allí, afuera, a mi infame opresor. Pero luego, no lo consideré un acto prudente, lo vi demasiado pronto para considerarme ya el más afortunado de todos los seres vivos. Estuve allí por algunos minutos más, haciéndome el dormido, pero con mis oídos en máxima alerta, tomando y desfragmentando cualquier sonido a mi alrededor, por más mínimos que estos fueran. Y, al rato… me supe solo.
--- ¡Guau!---dejé escuchar mi voz nuevamente en mi interior, aun más bajo: un susurro de suave eco en los más apartados meandros de mí subconsciente.--- “¡Entonces… así es como se siente ser libre! Casi lo había olvidado”--- seguía pensando. Pero esta vez fui más osado, pensando en voz alta, casi gritando en mi interior, como deseando que aquella hermosa magia se rompiera de una vez (si era lo que debía suceder) y no seguir aferrado a una vana y cruel ilusión.
Nada sucedió. No se manifestó el omnipresente e inmisericorde opresor. Aquel que por largo tiempo me había mantenido sometido a un terrible tormento. --- ¡Se ha ido! ¡Se ha cansado!--- pensé, soñando.
--- ¿Se habrá rendido? ¿Me habrá olvidado?--- pensé, dudando. Y sentí aquel instante algo de resquemor hacia mi propio ser por haber permitido que mi exigua entereza me condenara a aquella triste vida en cautiverio todo ese tiempo. Quise haberme levantado, puesto de pies y salir de allí, de aquel húmedo y sombrío lugar, y bañar mi ser con la luz del sol que venía abrazada con aquel neófito amanecer. Pero al final decidí quedarme allí: tendido, callado, sereno, como piedra en lo alto de un acantilado que desea caer y sentir por un instante volar (pero solo desearlo, sin hacerlo). Escuché gente acercarse. Aquella no era zona de tránsito peatonal. Pero, en fin, era la gran y superpoblada ciudad. ¡Su gran ciudad! Con sus muros y sus leyes. Podría andar por allí quien quisiera. ¡A mí me daba igual! Con tal de no escuchar la estentórea voz de mi opresor, lo demás me parecía poco relevante.
Yo intentaba desesperadamente mover mi cuerpo, pero todo era inútil, ya no era capaz de nada más, sino de escucharle. Y él, seguía castigándome con sus palabras: ---“Solo sirves a las leyes del pecado, no haciendo el bien que quieres, sino el mal que no quieres”---- Me gritaba. Y, como siempre, sus palabras me golpeaban muy fuerte, y me arrojaban de nuevo a las catacumbas, a los más intrincados dédalos de mi locura.
Semblanza
Administrador Comercial de profesión, Frank Armando Clemente Ruiz es un Venezolano, apasionado a la lectura, que ha venido trabajando desde el año Dos Mil Veintiuno en el desarrollo y exposición de su trabajo literario, al cual se aboca como paliativo frente a la compleja situación socioeconómica que experimentan los países latinoamericanos y en especial su país. Fue allí, en la expresión literaria, donde encontró algo de sosiego. Las buenas críticas hacia sus obras lo motivan a participar en concursos y convocatorias, logrando participación en importantes medios impresos y digitales en México, España Argentina, Colombia, Perú y Venezuela. Logros que le mantienen muy despierta su pasión por las letras hasta el sol de hoy. Hasta que su lápiz se canse de exteriorizar sus pensamientos y sentires.
La confusión de Rosa
Por Rosario López
Las amigas estaban emocionadas por el inicio de curso. Era un año crucial para posteriores estudios o trabajos. Así que, desde el principio debían pensar en las notas para conseguir entrar en un ciclo o continuar bachillerato. Algunos compañeros repetían curso y otros se dividían por asignaturas por lo que vendrían alumnos nuevos y se conocerían pocos en clase.
Los primeros días, Rosa puso mucho interés en las materias y en las relaciones con los compañeros creando un grupo íntimo para divertirse, estudiar, conversar. No se cansaba, una gran energía la llevaba de una tarea a otra sin descanso, apenas dormía unas horas y se alimentaba poco. Aún así, no decaía en sus responsabilidades tanto hacia los estudios como hacia los amigos. Habían salido de fiesta algunas noches y habían disfrutado mucho del botellón y la discoteca. Cada sábado por la noche, las chicas se vestían y maquillaban para atraer posibles liges. Rosa perdía el control bajo las luces de colores del centro de la pista de baile y movía su cuerpo con sensualidad. Las amigas debían recogerla y obligarla a vomitar el alcohol ingerido durante la fiesta. La dejaban en la puerta de casa con la esperanza de que llegara bien al dormitorio y no la pillaran sus padres en ese estado. Lo cierto es que les costaba mucho seguir el ritmo de Rosa que parecía no desfallecer nunca y cada día se le ocurrían ideas más locas. La estimaban y les agradaba estar con ella, pero esos desmadres no los entendían.
El trimestre salió bien y aprobó todas las asignaturas. Durante las vacaciones no paró en casa más que lo justo para comer, dormir y descansar. Siempre había algún acto, reunión o cualquier otra excusa para estar todo el día en la calle iluminada por bombillas de colores encendidas simulando figuras y formas geométricas. Sus padres, preocupados, la interrogaban sin comprender su comportamiento. Sí, era una adolescente y, como tal, desorientada, pero sus actos y palabras no eran habituales, tan solo esperaban que fuese una fase propia de la edad. Las vacaciones terminaron y se encontraron de nuevo todos los compañeros que habían intimado durante los primeros meses. Rosa mantenía su buen humor y ganas de conversación. Había conocido a un chico en las vacaciones y parecía que se gustaban, por lo que pronto lo presentaría a las más íntimas. Pasaron los días entre libros, amigas y medio novio aunque, poco a poco, mermaba su energía y sentía que le costaban las tareas cotidianas. En clase perdía la atención con facilidad y los deberes se acumulaban. Cuando por la tarde, sentada en su mesa de trabajo, intentaba leer el contenido de las materias, no alcanzaba a comprender lo que decía. Y al intentar redactar se bloqueaba y las palabras e ideas se volatilizaban. De tal manera que no recibía más que negativos por falta de trabajo, además, no captaba las explicaciones de los profesores y su mente volaba lejos sin orden ni concierto. Durante los recreos se unía a sus amigas, pero apenas pronunciaba palabra. Se mantenía al margen de las conversaciones, perdida en imágenes inconexas. Sentía que no conectaba, que en realidad no la querían, que era prescindible. Y pensó que no era nadie, incluso su supuesto novio, cansado de silencios y rechazos, la abandonó. Despacio, apareció en su rostro un rictus triste opuesto a la sonrisa permanente que mostraba unos días atrás y su caminar lento, indeciso mostraban una Rosa distinta a la conocida. En su habitaión, incapaz de concentrarse, las lágrimas rodaban por sus mejillas sin motivo aparente y el cansacio la vencía aunque era incapaz de dormir. Cerraba los ojos y una multitud de imágenes vagaban en su imaginación impidiendo el sueño; el llanto no cesaba. Al amanecer despertaba como una zombie y con gestos automáticos se arreglaba para ir al instituto. Caminaba arrastrando los pies, como si una fuerza invisible le impidiera acelerar el paso, en realidad no quería entrar en el aula y ver a sus compañeros que la miraban mal, que no entendían sus sentimientos, ni siquiera ella entendía nada. Hace unas semanas era la persona más feliz y, ahora, solo pensaba en morir. Es un pensamiento fijo: la muerte. Desaparecer de este mundo de la manera más inadvertida. En esta deliberación y a unos pasos del centro, decidió que no entraría a clase y se dirigió hacia un parque contiguo, escogió un banco escondido y permaneció sentada tiempo indefinido. Después, dio un paseo por el parque mientras llegaba la hora de volver a casa atravesando calles secundarias para no encontrar a ningún conocido. Ya en el salón, apenas comió, enchufó la tele y simuló interés por los programas. Durante varios días hizo lo mismo, se ausentaba de clase y pasaba la mañana en el parque dando vueltas a la idea del suicidio. Deseaba morir pero también vivir, tal vez fuese una etapa pasajera y la normalidad se instalaría de nuevo en su vida. Pero tanto dolor y sufrimiento era insoportable y la soledad en la que se sumía cada vez más la dejaba con sus pensamientos que no podía compartir. Imaginó varias formas de quitarse la vida: pastillas, salto desde ventana, corte de muñecas, pero el miedo la superaba. Pensó que algún profesional podría ayudarla y preguntó en la Seguridad Social, donde la citaron para unas semanas después. El psicólogo le hizo preguntas y un cuestionario, y la citó para varios meses más tarde. Desconsolada volvió al encierro de su habitación y a la evasión de cualquier contacto humano. En esas condiciones pasaron los días. Las amigas la llamaban, pero evitaba hablar con ellas. Su familia evitaba confrontamientos y Rosa cada día se encerraba más rumiando las mismas ideas e imágenes.
La segunda evaluación fue un desastre, cuatro suspensos y la preocupación en los profesores por el cambio en las notas y la actitud. A ella le molestó pero, en realidad, le daba lo mismo. Seguía faltando a clase, pasaba enclaustrada en su soledad. En el tercer trimestre intentó centrarse y comprobó que poco a poco su ánimo variaba, la tristeza no era tan profunda y el miedo a relacionarse se desvanecía. Animada, se puso al día en las materias atrasadas y volvió a relacionarse con sus amigas, que la acogieron contentas. No sabía cómo se había producido pero sentía ganas de vivir y realizar cosas, de compartir con las amigas y salir a divertirse. Pensaba en los sentimientos tan contradictorios que había vivido, en cómo pasó de desear la muerte a encontrar sentido a sus actos. Cómo pasó de llorar por las esquinas a sonreir amablemente. No asimilaba lo vivido, solo lo sentía con amargura o con placer. Al finalizar el curso aprobó, con menos nota de la que quería, pero obtuvo el título con el que accedería al bachiller de humanidades. Gracias al aprobado, el verano fue tranquilo: piscina, parque, fiestas comarcales, reuniones de amigos y equilibrio. Sus emociones aplacadas no dirigían sus actos, sino que ante un interrogante sopesaba las razones en pro y en contra. Su rostro ya no parecía una sombra y cuidaba de su aspecto físico aunque se aficionó a la soledad. Ya no le disgustaba, mas bien, disfrutaba los momentos íntimos consigo misma. Aún no tenía seguridad en ella, pero comenzaba a afrontar los retos con valentía, pensaba que con esfuerzo lograría sus metas.
Volvió la rueda de los estudios. Entraba en bachillerato y todos comentaban que el nivel subía mucho respecto a los cursos anteriores. Así pues, empezó aplicada sin perder detalle de las clases y realizando las actividades en los tiempos previstos. Muchos compañeros quedaron atrás o fueron a ciclos, por lo que quedaban pocos alumnos antiguos y, los que llegaron de otros centros estaban tan acobardados como ellos. Así se mantuvo el ánimo de Rosa durante los dos meses siguientes, hasta que una mañana sintió que algo cambiaba en ella. La mente le iba a cien y deseaba realizar cosas, en clase participaba más en los comentarios y se ofrecía voluntaria. Cuando salía del aula prefería pasar la tarde en el parque con los amigos y, si estos no iban, con conocidos, pues su verborrea enganchaba a sus oyentes. Varios días así la asustaron e intentó poner freno a esos impulsos, aunque sentía que eran más fuertes que ella. En esa lucha, esperaba ayuda que no aparecía y no sabía qué hacer. No quería descontrolarse como la vez pasada, es solo que desconocía cómo dominar esos deseos y la idea temeraria de alcanzar cualquier reto por imposible que pareciera. El conflicto provocaba sufrimiento y era prisionera de sus propios miedos e inquietudes. Sus compañeros le habían hecho comentarios al respecto del cambio de actitud y, recelosos, la miraban con desconfianza; la familia no entendía los comportamientos de Rosa y ella no se abría con ellos. En esta ocasión, la preocupación fue en aumento y los padres la acompañaron al psicólogo, que diagnosticó bipolaridad y aplicó la medicación habitual en estos casos. Lentamente, los síntomas desaparecieron y su día a día se normalizó. La rutina ya no era insoportable y, aunque sentía su mente disminuida, cumplía con ganas cada tarea tanto en casa como en el instituto. Si, era la normalidad personificada, pero algo le faltaba, no sentía con la misma intensidad, su imaginación estaba disminuida, no deseaba a los chicos como antes. Era como si una barrera infranqueable no permitiese a sus sentimientos desarrollarse y ese freno impidiera su pleno disfrute. Esta sensación le hacía abandonar la medicación para volver a la intensidad emocional que provocaba su trastorno. Durante mucho tiempo jugó con la medicación hasta que una serie de errores la hicieron recapacitar y tomó la decisión, plenamente consciente, de seguir a pies juntillas las indicaciones del psiquiatra. Optó por la normalidad aunque no volviera a sentir emociones intensas y sus deseos descontrolados permanecieran ocultos e irrealizables.
Semblanza
Rosario López es una mujer dedicada a su trabajo de profesora de secundaria y a sus hijos. Desde pequeña le ha gustado escribir aunque no lo ha hecho en serio hasta conocer algunas personas inspiradoras y creativas que apoyan su trabajo. Ha compartido algunas ediciones con otros escritores primerizos. Su especialidad son los relatos cortos, aunque no descarta emprender una novela.
Un día a la vez
Por Karla Espinosa
Tengo casi 30 años y he vivido 4 fines del mundo.
El primero sucedió cuando tenía 11 años. En ese tiempo, el fin del mundo se veía como una sala de velación, el aroma de cientos de flores y los sonidos del llanto. Después de que mi abuela falleció, mi familia se sumió en el dolor. Mi madre dejó de sonreír, mi abuelo dejó de hablar, y mis tíos y tías se fueron cada quién por su lado. La casa, antes llena cada fin de semana, quedó vacía. Se convirtió en un museo del pasado con fotografías, figuras de cerámica, una máquina de coser que ya nadie usaría, y los recuerdos de nuestro tiempo juntos. Ahí dentro se quedó lo que era difícil de afrontar, por eso también me dejaron a mí. La nieta mayor, la única que recibió su crianza. Nadie quiso decirme lo que estaba pasando, ni siquiera podían voltear a mirarme. En momentos duros como aquel, mi abuela me hubiese abrazado. Pero ella ya no estaba. No entendía su ausencia, no sabía cómo viviría sin ella, y al parecer tendría que descubrirlo por cuenta propia. Tenía que enfrentarme a ese gran dolor desconocido, sin ayuda y sin armas. Ahí supe que ése era el fin del mundo.
Después de 5 años sin mi abuela, a los 16, vino otro fin del mundo. Fue muy diferente al primero, pues me dijeron exactamente lo que iba a pasar. Lo escuchaba cada domingo, al ir a la iglesia. Los conocedores lo llamaban “la segunda venida”, el día en que los buenos serían llevados al cielo y los malos se quedarían a sufrir en la tierra. Cada tercera prédica, se repetía sin falta el mensaje “el fin está cerca”. Sin embargo, nunca especificaban cuándo. No necesitábamos saberlo. Lo único importante era estar preparado: rezar, compartir el mensaje, y evitar pensar en cosas indebidas. Si no lo hacías, te esperaba el castigo celestial y la tribulación terrenal. En ese momento, mi creencia espiritual se transformó de un abrigo cálido a una cruz aterradora. Todos los días debías asegurarte de tener intacta tu entrada al cielo. Todos los días, estabas a la expectativa de abandonar esta vida carnal. Todos los días te ponías a pensar en tu muerte. Todos los días eran el fin del mundo.
Pasó el tiempo y dejé atrás aquella doctrina del miedo. Estudié, me gradué, trabajé, y volví a estudiar un poco más. El mundo parecía continuar su rumbo, estable, prometedor. Por primera vez, empecé a pensar en el futuro. Creí que era el momento ideal de hacerlo, pues apenas empezábamos una nueva década, 2020, y yo ya había cumplido los 25 años. Entonces el mundo terminó de nuevo. Ya no solo para mí ni para un grupo pequeño de personas, sino para todos. Se sacudió la medicina, la economía, la vida cotidiana. La realidad fue puesta en jaque por una amenaza microscópica. Un virus. Un pedacito de ADN, que ni siquiera está vivo, logró encerrarnos. Mientras el número de infectados crecía, los días pasaban más lento. Cada salida al exterior era bien recibida pero también indeseable. Cualquier síntoma de resfriado generaba terror. Y un resultado positivo se sentía como una sentencia de muerte. En el punto de desesperación más alta, la gente comenzó a ingerir productos de limpieza como medicinas y a oponerse a las medicinas de verdad. Cuando la enfermedad llegó hasta mi casa, y sentí en mi sangre la mutación que le había arrebatado la vida a millones de personas, acepté que el mundo se me había terminado.
Pero me recuperé, mi familia y yo. Y así como muchos murieron, muchos sobrevivimos. Volvimos a respirar sin trabas, a salir a la calle, y a abrazar a nuestros seres queridos. Conservamos algunas costumbres de aquel tiempo apocalíptico, como tomar precauciones para no contagiar de resfriado a otros o estar pendientes de la limpieza de nuestras manos, pero pronto se transformó en un recuerdo. Fue como una pesadilla comunal que toda la humanidad soñó, y que ahora quería olvidar. Después de 3 años, a mis 28, yo casi lo lograba. Casi olvidaba la incertidumbre, la frustración del descontrol, el encierro, el miedo a salir, el miedo a la muerte, la impotencia de no ser quien maneja tu propio destino. El 9 de enero de 2024 llegó otro fin del mundo para recordarme todas esas cosas. Se declaró en mi país un conflicto armado. Mi hogar se transformó en zona de guerra. Las ciudades se paralizaron, cerraron sus negocios y sus avenidas, como si estuvieran en shock de ver tanta violencia en sus calles. Los ciudadanos y los criminales se pusieron al mismo nivel, pues ambos exigían que corriera la sangre del otro bando. La serpiente que se tragaba Ecuador, provincia por provincia, de repente se transformó en un dragón que devoró todo el territorio de un bocado. La realidad es que el país tranquilo que un día fuimos ya no existe, todo ha cambiado, llegó el fin del mundo.
Habiendo sobrevivido a cuatro de ellos, puedo decir que lo peor del fin del mundo es que el mundo no se acaba. La sacudida te golpea, te tira al piso, te levantas, te das cuenta de que todo ha cambiado, todo es extraño, y no sabes si podrás vivir de nuevo, pero no es el fin. El mundo puede volverse un lugar desconocido, lúgubre, incierto, aterrador, pero sigue girando. El tiempo sigue pasando. El amanecer y el atardecer llegan, sin importar que no quieras levantarte de la cama o salir a la calle.
Es cuando debes reunir toda la fuerza que te queda para volver a repetir tu rutina solo una vez más. Te llevas contigo las piedras de la duda y el desánimo, sin saber cuándo podrás sentir la suficiente seguridad y soltarlas. Eso es lo más difícil cuando se acaba el mundo: lo que viene después. Un día podría ser fácil y querrás hacerlo de nuevo, otro día será difícil y no verás el objetivo. Seguirlo intentando no te asegura que las cosas mejorarán, es algo que se hace por pura fe. Al final, la recompensa de vivir un día a la vez es eso: seguir viviendo.
Su olvido
Por Frank Armando Clemente
Escucho voces. Antiguas y difusas voces en mi mente, diciéndome: “No se debe fumar. Ello puede matarte”. Entonces pienso: ¡Fumar es malo!
No obstante, aquella persona allá al fondo, en el balcón, parece no saberlo. O, de saberlo, le vale un carrizo su salud, pues, se ve tan relajada y hasta complacida con aquel cigarrillo en sus manos. Tanto, que lo menos que parece es ser una persona con miedo a morir a consecuencia de ello.
Pero también curiosa es esta extraña sensación que siento en mi garganta al momento de ver a aquella persona inhalando el grisáceo humo de su cigarrillo y retenerlo con algo de placer en su interior.
“Creo... ¿en algún momento de mi vida he sido un fumador?”, pienso, ¡no sé! Ello aún no está claro en mi memoria.
Dirijo lentamente la mirada hacia el lado izquierdo y enseguida esta se topa con una grande y pálida pared. Algunos diplomas y cuadros en ella colgados comienzan a mirarme. Me miran con ternura. Creo me quieren decir cosas, pero en un lenguaje que no comprendo. Creo quieren decirme que son, todos ellos, por mí conocidos ¡Decirme que son amigos! Algo aquí adentro me dice que es así. Pero poco recuerdo.
Mis manos, estas que con gran dificultad logro hoy apenas articular, sé que a muchos de esos objetos sobre aquellos estantes a unos metros de mí, en algún momento de mi vida los sostuvieron... objetos cuyos nombres en este momento de mi memoria escapan. Siento deseo de nuevamente entre mis manos tenerles, y pedirles aclaren mi mente. Sin embargo, estas manos ya no se mueven a voluntad. Solo están allí: débiles, posadas sobre los fríos laterales de esta muy triste silla de ruedas.
Pero no siempre estuvieron allí, ¡Puedo ahora algo recordar! Sé que mis manos fueron hábiles. Y aquellas herramientas y demás objetos sobre aquellos estantes, en mis manos, fueron felices. Por eso me miran con tanta añoranza, como deseando los tome de nuevo entre mis manos y vuelva darle vida a nuestro apasionado idilio.
Ahora lo que veo es a ellos: a este grupo de personas de cuerpos jóvenes y espíritu brioso como lo fui yo algunos años atrás. Cuando sentía que con la fuerza de mi espíritu podía hacer girar al mundo más deprisa; hoy apenas soy capaz de mover este viejo cuerpo aún mío.
¡Ahora simplemente es su momento! El momento de ellos, manipulando mis herramientas y equipos. Moviéndose libremente por este espacio, mi antiguo laboratorio, haciendo pruebas, tomando muestras, llevando apuntes. Haciendo lo que algún momento yo hacía y luego les enseñé hacer y les indiqué para que continuaran, a sabiendas que ya mis capacidades iban menguando.
---¿Papá?--- Se dirige a mí, mi hija, al notar que entro en una repentina etapa de lucidez. Que vuelvo a disfrutar nuevamente de las bondades de la memoria.
Mis ojos se posaron sobre aquella joven a mi lado, con mi corazón rebosante de amor, pues lograba reconocer nuevamente a mi princesa. Una de mis manos logró elevarse lo suficiente y acariciar su rostro aterciopelado.
---¿Cómo van?--- Logré con algo de esfuerzo articular palabras.
---Se avanza mucho, padre, ¡pronto lo lograremos! Gracias a tus investigaciones daremos pronto con la cura. Y serán muchas las personas que evitarán pasar por lo que usted y muchas otras personas en el mundo están pasando, querido padre.---
Comencé a sentir nuevamente esa muy ingrata sensación de vértigo. Comenzaba mi memoria a flaquear, a traslucirse ante el lúgubre fondo del olvido. Y me prepare para lo que ya sabía pronto sucedería.
---¡Te quiero mucho, hija!--- logré nuevamente articular palabras. De ella brotaron un par de lágrimas mientras besaba con gran dulzura mi frente.
Y como triste embarcación, siendo engullida por aguas del protervo mar, así se fue desvaneciendo mi memoria. Me fui diluyendo en los dédalos de mi mente, en mi muy reducido mundo, sumiéndome en la nada, con la mirada fija en la plaquilla de identificación sobre la bata de mi hermosa hija:
“Doctora
Jacinta Cortez-
Médico Jefe de Investigaciones del Alzheimer.”
Semblanza
Administrador Comercial de profesión, Frank Armando Clemente Ruiz es un Venezolano, apasionado a la lectura, que ha venido trabajando desde el año Dos Mil Veintiuno en el desarrollo y exposición de su trabajo literario, al cual se aboca como paliativo frente a la compleja situación socioeconómica que experimentan los países latinoamericanos y en especial su país. Fue allí, en la expresión literaria, donde encontró algo de sosiego. Las buenas críticas hacia sus obras lo motivan a participar en concursos y convocatorias, logrando participación en importantes medios impresos y digitales en México, España Argentina, Colombia, Perú y Venezuela. Logros que le mantienen muy despierta su pasión por las letras hasta el sol de hoy. Hasta que su lápiz se canse de exteriorizar sus pensamientos y sentires.
Presentación
La Tecla Crítica es un espacio que aborda lo político desde la literatura; es una aproximación a la existencia que se cuestiona a sí misma cada día, que interpreta su sentido en las realidades que habita, en el contexto espacio-temporal que rodea los cuerpos. Hacemos literatura, engendramos arte, nadamos contra la corriente, abrimos un intersticio de expresiones que conducen hacia un diálogo crítico de saberes, desde el pensamiento y la palabra encarnada, desde la imagen siempre en movimiento. La Tecla Crítica es un espacio subjetivo y colectivo en permanente obra... es un comando, con la función de la tecla ESC, creado para salir de la convencionalidad y expresar la legítima rabia.
Inteligencias: Rituales Artificiales
Por Miguel Aucatoma Salazar
Palabras clave: Algoritmos, Inteligencia Artificial, Agnicayana, rituales.
Al leer El ojo del amo: Una historia social
de la inteligencia artificial (1), de Matteo Pasquinelli, Profesor
asociado de Filosofía de la Ciencia en el Departamento de Filosofía y
Patrimonio Cultural de la Universidad Ca' Foscari de Venecia y que fue
publicado apenas el año anterior (2023). Fui consciente de algunos hechos
bastante interesantes y aunque su disertación se amplía en campos que bien
pueden ocupar varios debates y análisis principalmente en la premisa de que las
máquinas “inteligentes” más sofisticadas han surgido imitando el esquema de la
división colectiva del trabajo, invita a pensar a profundidad el rol de las
inteligencias artificiales en la cadena de trabajo actual y el proceso mental
involucrado, ya no solamente como un hecho novedoso de ayuda a la labor general
y principalmente de los trabajadores, sino como el “natural” resultado del
control sobre la labor, como bien menciona en el texto: «La Inteligencia
Artificial llegó a reemplazar principalmente a los amos, es decir, a los
administradores en lugar de a los sirvientes: se necesitan trabajadores (y
siempre se necesitarán) para producir datos y valor para los voraces canales de
la IA y sus monopolios globales y, por otro lado, para proporcionar la
mantenimiento de una megamáquina de este tipo en forma de filtrado de
contenidos, controles de seguridad, evaluación y optimización continua» (2).
Esto, sin duda, es una visión muy interesante y da un giro a la percepción preconcebida que tenemos de las inteligencias artificiales. Para complementar este razonamiento hace un recorrido muy didáctico, a la vez que práctico, de la historia de las "Inteligencias Artificiales", que en adelante abreviaré como se acostumbra, IA. De ese recorrido resalto un hecho que llamó mi atención por lo particular que pueden resultar ciertas prácticas sagradas de culturas que apreciamos como distantes, en este caso la védica, y el hecho de que parecería no relacionarse con este campo que lo consideramos de vanguardia. Apenas en el arranque del capítulo primero está la subsección que narra este ritual védico bajo el título: "Recomponiendo un dios desmembrado", aquí nos cuenta:
De ahí podemos resaltar que este ritual Agnicayana que -según nos menciona el autor- se sigue practicando con cierta regularidad, viene a ser un artefacto único en la historia de la civilización humana, un ritual documentado que se conserva como el más antiguo de la humanidad y que todavía se practica hoy en día; debido a su complejidad, solo se realiza unas pocas veces en un siglo (4). Pero, por otro lado, lo que se resalta es que, “debido a su mecanismo combinatorio, puede definirse como un ejemplo primordial de cultura algorítmica”.
Para comprender cómo es posible interpretar el
ritual del Agnicayana como algorítmico, nos pide que nos centremos en una de
las definiciones más comunes de algoritmo en informática que indica es «un
procedimiento finito de instrucciones paso a paso para convertir una entrada en
una salida, independientemente de los datos, y haciendo el mejor uso de los
recursos dados». Los sonidos espirituales que se ejecutan en el ritual son
conocidos como mantras y en este caso resultan en sonidos recursivos que guían
a los practicantes en la construcción del altar del fuego y estos “pueden
parecerse a las reglas de un programa de un computador”, por eso,
independientemente del contexto, el algoritmo Agnicayana organiza una
distribución precisa de los ladrillos que resulta cada vez en la construcción
ordenada.
Entendido este punto respecto de la relación de
un ritual con su contraparte representativa en el algoritmo podemos afirmar
primero que debemos ampliar nuestra visión de lo que consideramos novedoso en
ciertos campos, pero centrémonos en la aseveración que hace el autor:
«Agnicayana ejemplifica la materialidad social originaria del conocimiento
matemático, pero también las jerarquías del trabajo manual y mental», esto
refuerza la premisa del libro como uno de sus varios modelos de los que extrae
comprobaciones para sustentar su hipótesis: «La IA llegó a reemplazar
principalmente a los amos».
Y aquí es válido mirar el termómetro que ha
resultado el uso de las IA, puesto que se acude de manera más persistente a
enunciar el pulso de una sociedad basado en los datos que alimentan estas IA y
su aplicación, y esto nunca ha sido ajeno a nuestro desarrollo humano, la
jerarquización. Los algoritmos más populares que se incorporan actualmente a la
fuerza laboral son los algoritmos de aprendizaje profundo. Estos algoritmos
reflejan la arquitectura del cerebro humano al construir representaciones
complejas de información: Aprenden a comprender los entornos experimentándolos,
identifican lo que parece importar y descubren qué parte predice qué. Al ser
como nuestro cerebro, estos algoritmos corren cada vez más riesgo de sufrir
problemas de salud mental.
Una muy citada frase de Carl Jung dice:
“Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de la vida fuerzan a
la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para
aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete, lo que
aceptas te transforma”, esto referido a esa gran construcción que aparece en
sus tratados como “La Sombra.”
Entonces, ¿por qué mezclar un ritual arcaico
que, como se ha demostrado, tiene todas las características de un proceso
algorítmico? El uso extendido de algoritmos actuales que cada vez reflejan
mejor la arquitectura del cerebro humano, al construir representaciones
complejas de información. No será acaso que los procesos algorítmicos nacieron
como funciones propias de nuestro desarrollo humano y al estar presentes
terminamos delegando la parte que no queremos evidenciar como la sombra jungiana
a esos procesos una vez los vamos perfeccionando y por eso los resultados de la
condición humana aunque nos sorprendan cuando son publicados en análisis del
procesamiento de esos algoritmos solo reflejan fielmente la condición mental de
la sociedad, pero nos empeñamos en esconderlas considerando que perseguimos
bienes mayores.
En otro ensayo Thomas T. Hill, profesor de
psicología en la Universidad de Warwick, indica algo muy revelador:
“Los algoritmos también cometen errores porque captan características del
entorno que están correlacionadas con los resultados, incluso cuando no existe
una relación causal entre ellos. En el mundo algorítmico, esto se llama
sobreajuste. Cuando esto sucede en el cerebro, lo llamamos superstición (5)”.
Debemos replantear la manera de ver los ritos,
y aprender sus lecciones, el cerebro es susceptible de interpretaciones y
sesgos y como se indica de supersticiones y también eso hace que las IA también
tengan esas características y sus resultados no deberían ser tomados por
completas guías del nuevo salto de progreso, sino como un espacio que también
puede albergar lo que no queremos notar de nuestra propia naturaleza. La manera
de aceptar el proceso de aceptación de la sombra en el método jungiano es traer
a la luz eso que se niega, en el caso algorítmico ya que se ataña a una
representación del proceso mental también debe existir cuestiones que
necesariamente deben darse a conocer.
El sistema védico tiene tradición de ser muy
cerrado en castas, es decir, en posiciones que son inmutables a pesar del
desarrollo que pueda tenerse como individuo, uno nace y muere en la posición en
la que fue asignado, rituales como el Agnicayana evidencian una técnica de
obediencia a reglas rígidas para la construcción del altar, que lógicamente
tienen componentes sofisticados para el planteamiento de conocimientos
geométricos o matemáticos que de otra manera no pueden ser transmitidos a
miembros de “castas inferiores” y que solo repiten. La precisión radica en el
algoritmo social que ya fue construido por el conocimiento de las “altas
castas”. Esta jerarquización también se evidencia en el uso de IA actuales,
muchos tendemos únicamente a consumir con avidez y sorpresa lo que un puñado de
“elevados” ya lo prepararon y nos constituimos en sujetos bajo el ojo del amo
que anuncia el título de ese libro de Matteo Pasquinelli. Desde luego esta
dinámica causará un desbalance que bien puede terminar en patologías. Las
patologías algorítmicas —esas que residen en esa sombra que he relacionado
desde Jung hacia el cerebro artificial—, podrían tener solución, pero en la
práctica, los algoritmos suelen ser cajas negras patentadas cuya actualización
o análisis de detalle están protegidas comercialmente.
Esta espiral de muerte algorítmica está oculta
en cajas negras, como los mantras en el Agnicayana los practicantes solo
recitan de memoria y por tradición los sonidos que construyen con precisión los
bloques, los algoritmos de cajas negras que ocultan su procesamiento en
pensamientos de alta dimensión han sucedido históricamente pero ahora no
podemos acceder, debido a la propiedad exclusiva. No es sino tras un estudio
sobre estas culturas que se evidenció el elevado grado de astucia matemática
implicada. Y ahora, con qué herramientas externas pudiésemos contar para
enfrentar esas cajas, o deberá pasar un tiempo considerable para que los
arqueólogos del futuro develen las reales conexiones sociales que facilitan el
uso de los algoritmos avanzados contemporáneos.
El citado profesor Hills indica: “Si no podemos
detectar sesgos en nosotros mismos, ¿por qué esperaríamos detectarlos en
nuestros algoritmos?" (6) y, de ser así y tras lo planteado, qué ayuda
estamos realmente recibiendo o simplemente todos nos estamos entregando a la
tonada para construir ávidos nuevos altares.
El ritual del Agnicayana dura doce días, aunque
las fuentes indican que la duración del ritual y la distribución de los ritos
en días concretos no queda clara en los manuales clásicos, aunque algunos ritos
pueden haberse prolongado durante un año y la versión que perdura es resumida.
Sea como fuere, durante ese período se construye un gran altar como hemos
revisado en forma de pájaro. El propósito inmediato del Agnicayana es construir
para el sacrificador un cuerpo inmortal que esté permanentemente fuera del
alcance de la naturaleza transitoria de la vida, el sufrimiento y la muerte
que, según este rito, caracteriza la existencia mortal del ser humano. Lo
particular de tan complejo proceso es que al final termina con un sacrificio de
fuego que incendia toda la construcción mostrando lo efímero de la totalidad.
No se pretende limitar o resumir el amplio
conocimiento de rituales y afirmar las técnicas abstractas de culturas de otros
lugares y otras épocas, esto implica un proceso esforzado e iniciático, lo que
se espera es poner en relevancia que componentes que resaltan de estas
prácticas nos ayudan en ese proceso de aceptación para transformarnos
acercándonos a la propuesta jungiana de reconocer lo que nos resulta común y
que por ciertos procesos se ha ido velando a través de las eras.
Del mismo modo, considero que una de esas
partes que intentan ocultar los algoritmos es esa futilidad que encierran, a
pesar de su muy elaborada concepción.
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