sábado, 16 de marzo de 2024

Mi opresor

 Por Frank Armando Clemente

--- ¡Guau!---Pensé. Muy en mi interior. En el rincón más apartado de mi mente. Abrí un poco mis ojos, solo unos pocos milímetros, dejando entre mis parpados un ínfimo resquicio por donde no podría pasar ni el más melancólico suspiro. Tardé un par de vidas en hacerlo. Después me quedé allí, inmóvil, con la mirada fija sobre aquel mísero techo de concreto que, aunque de astroso y mustio rostro, se había portado amable conmigo, dándome las “Buenas Noches” y los “Buenos Días” por casi ya un infinito año. No deseaba realizar algún otro movimiento para no alertar al infame opresor. Pero, después, no vi sentido quedarme en aquel estado por tiempo indefinido, como dormido, como un olvidado maniquí en el desván de una casa abandona. Desplacé entonces la mirada a lo largo de aquella estrecha abertura entre mis parpados con lentitud y sigilo. Luego, cerré los ojos, con deseo de manifestar aquella inmensa alegría que me invadía al no ver allí, afuera, a mi infame opresor. Pero luego, no lo consideré un acto prudente, lo vi demasiado pronto para considerarme ya el más afortunado de todos los seres vivos. Estuve allí por algunos minutos más, haciéndome el dormido, pero con mis oídos en máxima alerta, tomando y desfragmentando cualquier sonido a mi alrededor, por más mínimos que estos fueran. Y, al rato… me supe solo.

--- ¡Guau!---dejé escuchar mi voz nuevamente en mi interior, aun más bajo: un susurro de suave eco en los más apartados meandros de mí subconsciente.--- “¡Entonces… así es como se siente ser libre! Casi lo había olvidado”--- seguía pensando. Pero esta vez fui más osado, pensando en voz alta, casi gritando en mi interior, como deseando que aquella hermosa magia se rompiera de una vez (si era lo que debía suceder) y no seguir aferrado a una vana y cruel ilusión.

Nada sucedió. No se manifestó el omnipresente e inmisericorde opresor. Aquel que por largo tiempo me había mantenido sometido a un terrible tormento. --- ¡Se ha ido! ¡Se ha cansado!--- pensé, soñando.

--- ¿Se habrá rendido? ¿Me habrá olvidado?--- pensé, dudando. Y sentí aquel instante algo de resquemor hacia mi propio ser por haber permitido que mi exigua entereza me condenara a aquella triste vida en cautiverio todo ese tiempo. Quise haberme levantado, puesto de pies y salir de allí, de aquel húmedo y sombrío lugar, y bañar mi ser con la luz del sol que venía abrazada con aquel neófito amanecer. Pero al final decidí quedarme allí: tendido, callado, sereno, como piedra en lo alto de un acantilado que desea caer y sentir por un instante volar (pero solo desearlo, sin hacerlo). Escuché gente acercarse. Aquella no era zona de tránsito peatonal. Pero, en fin, era la gran y superpoblada ciudad. ¡Su gran ciudad! Con sus muros y sus leyes. Podría andar por allí quien quisiera. ¡A mí me daba igual! Con tal de no escuchar la estentórea voz de mi opresor, lo demás me parecía poco relevante.

--- “¡Creí no nos encontrarían!”--- escuché. Y mis temores se hacían realidad.
--- “¡Creí nos dejarían morir!”--- le escuché nuevamente. Era él. Mí muy infame opresor.
Al instante escuché otras voces, algo mas opacadas, algo más distantes. Voces que parecían no querer ser oídas.
--- ¿Está aún vivo?---
--- ¡Sí! Aun vive ¡Acerquen la ambulancia…! Resiste, chico ¡Resiste!---
---“Tenemos a un colapsado debajo del puente del parque Sur. Se encuentra en muy mal estado. Lo estaremos trasladando de inmediato”---
--- ¡Otro desgraciado más que casi se arranca la vida con esta porquería!--- escuché decir a aquel último paramédico, algo ofuscada, mientras retiraba una jeringa entre los dedos de una de mis manos abatida.
--- ¡Ayúdenme, por favor! ¡No quiero morir!--- suplicaba yo en mis pensamientos. Pero mi voz no alcanzaba emerger de allí: de los más recónditos meandros de mi subconsciente.
---“¡Muchas veces te lo advertí! Pero, tu ¡Oh, gran sabedor! No me haces caso y dejas que los pecados que habitan en ti sean quien obren en tu vida”---Me fustigaba, entonces, él: el opresor.

Yo intentaba desesperadamente mover mi cuerpo, pero todo era inútil, ya no era capaz de nada más, sino de escucharle. Y él, seguía castigándome con sus palabras: ---“Solo sirves a las leyes del pecado, no haciendo el bien que quieres, sino el mal que no quieres”---- Me gritaba. Y, como siempre, sus palabras me golpeaban muy fuerte, y me arrojaban de nuevo a las catacumbas, a los más intrincados dédalos de mi locura.

Semblanza
Administrador Comercial de profesión, Frank Armando Clemente Ruiz es un Venezolano, apasionado a la lectura, que ha venido trabajando desde el año Dos Mil Veintiuno en el desarrollo y exposición de su trabajo literario, al cual se aboca como paliativo  frente a la compleja situación socioeconómica que experimentan los países latinoamericanos y en especial su país. Fue allí, en la expresión literaria, donde encontró algo de sosiego. Las buenas críticas hacia sus obras lo motivan a participar en concursos y convocatorias, logrando participación en importantes medios impresos y digitales en México, España Argentina, Colombia, Perú y Venezuela. Logros que le mantienen muy despierta su pasión por las letras hasta el sol de hoy. Hasta que su lápiz se canse de exteriorizar sus pensamientos y sentires. 

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