sábado, 16 de marzo de 2024

La confusión de Rosa

Por Rosario López

Las amigas estaban emocionadas por el inicio de curso. Era un año crucial para posteriores estudios o trabajos. Así que, desde el principio debían pensar en las notas para conseguir entrar en un ciclo o continuar bachillerato. Algunos compañeros repetían curso y otros se dividían por asignaturas por lo que vendrían alumnos nuevos y se conocerían pocos en clase.

Los primeros días, Rosa puso mucho interés en las materias y en las relaciones con los compañeros creando un grupo íntimo para divertirse, estudiar, conversar. No se cansaba, una gran energía la llevaba de una tarea a otra sin descanso, apenas dormía unas horas y se alimentaba poco. Aún así, no decaía en sus responsabilidades tanto hacia los estudios como hacia los amigos. Habían salido de fiesta algunas noches y habían disfrutado mucho del botellón y la discoteca. Cada sábado por la noche, las chicas se vestían y maquillaban para atraer posibles liges. Rosa perdía el control bajo las luces de colores del centro de la pista de baile y movía su cuerpo con sensualidad. Las amigas debían recogerla y obligarla a vomitar el alcohol ingerido durante la fiesta. La dejaban en la puerta de casa con la esperanza de que llegara bien al dormitorio y no la pillaran sus padres en ese estado. Lo cierto es que les costaba mucho seguir el ritmo de Rosa que parecía no desfallecer nunca y cada día se le ocurrían ideas más locas. La estimaban y les agradaba estar con ella, pero esos desmadres no los entendían.

El trimestre salió bien y aprobó todas las asignaturas. Durante las vacaciones no paró en casa más que lo justo para comer, dormir y descansar. Siempre había algún acto, reunión o cualquier otra excusa para estar todo el día en la calle iluminada por bombillas de colores encendidas simulando figuras y formas geométricas. Sus padres, preocupados, la interrogaban sin comprender su comportamiento. Sí, era una adolescente y, como tal, desorientada, pero sus actos y palabras no eran habituales, tan solo esperaban que fuese una fase propia de la edad. Las vacaciones terminaron y se encontraron de nuevo todos los compañeros que habían intimado durante los primeros meses. Rosa mantenía su buen humor y ganas de conversación. Había conocido a un chico en las vacaciones y parecía que se gustaban, por lo que pronto lo presentaría a las más íntimas. Pasaron los días entre libros, amigas y medio novio aunque, poco a poco, mermaba su energía y sentía que le costaban las tareas cotidianas. En clase perdía la atención con facilidad y los deberes se acumulaban. Cuando por la tarde, sentada en su mesa de trabajo, intentaba leer el contenido de las materias, no alcanzaba a comprender lo que decía. Y al intentar redactar se bloqueaba y las palabras e ideas se volatilizaban. De tal manera que no recibía más que negativos por falta de trabajo, además, no captaba las explicaciones de los profesores y su mente volaba lejos sin orden ni concierto. Durante los recreos se unía a sus amigas, pero apenas pronunciaba palabra. Se mantenía al margen de las conversaciones, perdida en imágenes inconexas. Sentía que no conectaba, que en realidad no la querían, que era prescindible. Y pensó que no era nadie, incluso su supuesto novio, cansado de silencios y rechazos, la abandonó. Despacio, apareció en su rostro un rictus triste opuesto a la sonrisa permanente que mostraba unos días atrás y su caminar lento, indeciso mostraban una Rosa distinta a la conocida. En su habitaión, incapaz de concentrarse, las lágrimas rodaban por sus mejillas sin motivo aparente y el cansacio la vencía aunque era incapaz de dormir. Cerraba los ojos y una multitud de imágenes vagaban en su imaginación impidiendo el sueño; el llanto no cesaba. Al amanecer despertaba como una zombie y con gestos automáticos se arreglaba para ir al instituto. Caminaba arrastrando los pies, como si una fuerza invisible le impidiera acelerar el paso, en realidad no quería entrar en el aula y ver a sus compañeros que la miraban mal, que no entendían sus sentimientos, ni siquiera ella entendía nada. Hace unas semanas era la persona más feliz y, ahora, solo pensaba en morir. Es un pensamiento fijo: la muerte. Desaparecer de este mundo de la manera más inadvertida. En esta deliberación y a unos pasos del centro, decidió que no entraría a clase y se dirigió hacia un parque contiguo, escogió un banco escondido y permaneció sentada tiempo indefinido. Después, dio un paseo por el parque mientras llegaba la hora de volver a casa atravesando calles secundarias para no encontrar a ningún conocido. Ya en el salón, apenas comió, enchufó la tele y simuló interés por los programas. Durante varios días hizo lo mismo, se ausentaba de clase y pasaba la mañana en el parque dando vueltas a la idea del suicidio. Deseaba morir pero también vivir, tal vez fuese una etapa pasajera y la normalidad se instalaría de nuevo en su vida. Pero tanto dolor y sufrimiento era insoportable y la soledad en la que se sumía cada vez más la dejaba con sus pensamientos que no podía compartir. Imaginó varias formas de quitarse la vida: pastillas, salto desde ventana, corte de muñecas, pero el miedo la superaba. Pensó que algún profesional podría ayudarla y preguntó en la Seguridad Social, donde la citaron para unas semanas después. El psicólogo le hizo preguntas y un cuestionario, y la citó para varios meses más tarde. Desconsolada volvió al encierro de su habitación y a la evasión de cualquier contacto humano. En esas condiciones pasaron los días. Las amigas la llamaban, pero evitaba hablar con ellas. Su familia evitaba confrontamientos y Rosa cada día se encerraba más rumiando las mismas ideas e imágenes.

La segunda evaluación fue un desastre, cuatro suspensos y la preocupación en los profesores por el cambio en las notas y la actitud. A ella le molestó pero, en realidad, le daba lo mismo. Seguía faltando a clase, pasaba enclaustrada en su soledad. En el tercer trimestre intentó centrarse y comprobó que poco a poco su ánimo variaba, la tristeza no era tan profunda y el miedo a relacionarse se desvanecía. Animada, se puso al día en las materias atrasadas y volvió a relacionarse con sus amigas, que la acogieron contentas. No sabía cómo se había producido pero sentía ganas de vivir y realizar cosas, de compartir con las amigas y salir a divertirse. Pensaba en los sentimientos tan contradictorios que había vivido, en cómo pasó de desear la muerte a encontrar sentido a sus actos. Cómo pasó de llorar por las esquinas a sonreir amablemente. No asimilaba lo vivido, solo lo sentía con amargura o con placer. Al finalizar el curso aprobó, con menos nota de la que quería, pero obtuvo el título con el que accedería al bachiller de humanidades. Gracias al aprobado, el verano fue tranquilo: piscina, parque, fiestas comarcales, reuniones de amigos y equilibrio. Sus emociones aplacadas no dirigían sus actos, sino que ante un interrogante sopesaba las razones en pro y en contra. Su rostro ya no parecía una sombra y cuidaba de su aspecto físico aunque se aficionó a la soledad. Ya no le disgustaba, mas bien, disfrutaba los momentos íntimos consigo misma. Aún no tenía seguridad en ella, pero comenzaba a afrontar los retos  con valentía, pensaba que con esfuerzo lograría sus metas.

Volvió la rueda de los estudios. Entraba en bachillerato y todos comentaban que el nivel subía mucho respecto a los cursos anteriores. Así pues, empezó aplicada sin perder detalle de las clases y realizando las actividades en los tiempos previstos. Muchos compañeros quedaron atrás o fueron a ciclos, por lo que quedaban pocos alumnos antiguos y, los que llegaron de otros centros estaban tan acobardados como ellos. Así se mantuvo el ánimo de Rosa durante los dos meses siguientes, hasta que una mañana sintió que algo cambiaba en ella. La mente le iba a cien y deseaba realizar cosas, en clase participaba más en los comentarios y se ofrecía voluntaria. Cuando salía del aula prefería pasar la tarde en el parque con los amigos y, si estos no iban, con conocidos, pues su verborrea enganchaba a sus oyentes. Varios días así la asustaron e intentó poner freno a esos impulsos, aunque sentía que eran más fuertes que ella. En esa lucha, esperaba ayuda que no aparecía y no sabía qué hacer. No quería descontrolarse como la vez pasada, es solo que desconocía cómo dominar esos deseos y la idea temeraria de alcanzar cualquier reto por imposible que pareciera. El conflicto provocaba sufrimiento y era prisionera de sus propios miedos e inquietudes. Sus compañeros le habían hecho comentarios al respecto del cambio de actitud y, recelosos, la miraban con desconfianza; la familia no entendía los comportamientos de Rosa y ella no se abría con ellos. En esta ocasión, la preocupación fue en aumento y los padres la acompañaron al psicólogo, que diagnosticó bipolaridad y aplicó la medicación habitual en estos casos. Lentamente, los síntomas desaparecieron y su día a día se normalizó. La rutina ya no era insoportable y, aunque sentía su mente disminuida, cumplía con ganas cada tarea tanto en casa como en el instituto. Si, era la normalidad personificada, pero algo le faltaba, no sentía con la misma intensidad, su imaginación estaba disminuida, no deseaba a los chicos como antes. Era como si una barrera infranqueable no permitiese a sus sentimientos desarrollarse y ese freno impidiera su pleno disfrute. Esta sensación le hacía abandonar la medicación para volver a la intensidad emocional que provocaba su trastorno. Durante mucho tiempo jugó con la medicación hasta que una serie de errores la hicieron recapacitar y tomó la decisión, plenamente consciente, de seguir a pies juntillas las indicaciones del psiquiatra. Optó por la normalidad aunque no volviera a sentir emociones intensas y sus deseos descontrolados permanecieran ocultos e irrealizables.

Semblanza
Rosario López es una mujer dedicada a su trabajo de profesora de secundaria y a sus hijos. Desde pequeña le ha gustado escribir aunque no lo ha hecho en serio hasta conocer algunas personas inspiradoras y creativas que apoyan su trabajo. Ha compartido algunas ediciones con otros escritores primerizos. Su especialidad son los relatos cortos, aunque no descarta emprender una novela.

No hay comentarios:

Publicar un comentario