Por Karla Espinosa
Tengo casi 30 años y he vivido 4 fines del mundo.
El primero sucedió cuando tenía 11 años. En ese tiempo, el fin del mundo se veía como una sala de velación, el aroma de cientos de flores y los sonidos del llanto. Después de que mi abuela falleció, mi familia se sumió en el dolor. Mi madre dejó de sonreír, mi abuelo dejó de hablar, y mis tíos y tías se fueron cada quién por su lado. La casa, antes llena cada fin de semana, quedó vacía. Se convirtió en un museo del pasado con fotografías, figuras de cerámica, una máquina de coser que ya nadie usaría, y los recuerdos de nuestro tiempo juntos. Ahí dentro se quedó lo que era difícil de afrontar, por eso también me dejaron a mí. La nieta mayor, la única que recibió su crianza. Nadie quiso decirme lo que estaba pasando, ni siquiera podían voltear a mirarme. En momentos duros como aquel, mi abuela me hubiese abrazado. Pero ella ya no estaba. No entendía su ausencia, no sabía cómo viviría sin ella, y al parecer tendría que descubrirlo por cuenta propia. Tenía que enfrentarme a ese gran dolor desconocido, sin ayuda y sin armas. Ahí supe que ése era el fin del mundo.
Después de 5 años sin mi abuela, a los 16, vino otro fin del mundo. Fue muy diferente al primero, pues me dijeron exactamente lo que iba a pasar. Lo escuchaba cada domingo, al ir a la iglesia. Los conocedores lo llamaban “la segunda venida”, el día en que los buenos serían llevados al cielo y los malos se quedarían a sufrir en la tierra. Cada tercera prédica, se repetía sin falta el mensaje “el fin está cerca”. Sin embargo, nunca especificaban cuándo. No necesitábamos saberlo. Lo único importante era estar preparado: rezar, compartir el mensaje, y evitar pensar en cosas indebidas. Si no lo hacías, te esperaba el castigo celestial y la tribulación terrenal. En ese momento, mi creencia espiritual se transformó de un abrigo cálido a una cruz aterradora. Todos los días debías asegurarte de tener intacta tu entrada al cielo. Todos los días, estabas a la expectativa de abandonar esta vida carnal. Todos los días te ponías a pensar en tu muerte. Todos los días eran el fin del mundo.
Pasó el tiempo y dejé atrás aquella doctrina del miedo. Estudié, me gradué, trabajé, y volví a estudiar un poco más. El mundo parecía continuar su rumbo, estable, prometedor. Por primera vez, empecé a pensar en el futuro. Creí que era el momento ideal de hacerlo, pues apenas empezábamos una nueva década, 2020, y yo ya había cumplido los 25 años. Entonces el mundo terminó de nuevo. Ya no solo para mí ni para un grupo pequeño de personas, sino para todos. Se sacudió la medicina, la economía, la vida cotidiana. La realidad fue puesta en jaque por una amenaza microscópica. Un virus. Un pedacito de ADN, que ni siquiera está vivo, logró encerrarnos. Mientras el número de infectados crecía, los días pasaban más lento. Cada salida al exterior era bien recibida pero también indeseable. Cualquier síntoma de resfriado generaba terror. Y un resultado positivo se sentía como una sentencia de muerte. En el punto de desesperación más alta, la gente comenzó a ingerir productos de limpieza como medicinas y a oponerse a las medicinas de verdad. Cuando la enfermedad llegó hasta mi casa, y sentí en mi sangre la mutación que le había arrebatado la vida a millones de personas, acepté que el mundo se me había terminado.
Pero me recuperé, mi familia y yo. Y así como muchos murieron, muchos sobrevivimos. Volvimos a respirar sin trabas, a salir a la calle, y a abrazar a nuestros seres queridos. Conservamos algunas costumbres de aquel tiempo apocalíptico, como tomar precauciones para no contagiar de resfriado a otros o estar pendientes de la limpieza de nuestras manos, pero pronto se transformó en un recuerdo. Fue como una pesadilla comunal que toda la humanidad soñó, y que ahora quería olvidar. Después de 3 años, a mis 28, yo casi lo lograba. Casi olvidaba la incertidumbre, la frustración del descontrol, el encierro, el miedo a salir, el miedo a la muerte, la impotencia de no ser quien maneja tu propio destino. El 9 de enero de 2024 llegó otro fin del mundo para recordarme todas esas cosas. Se declaró en mi país un conflicto armado. Mi hogar se transformó en zona de guerra. Las ciudades se paralizaron, cerraron sus negocios y sus avenidas, como si estuvieran en shock de ver tanta violencia en sus calles. Los ciudadanos y los criminales se pusieron al mismo nivel, pues ambos exigían que corriera la sangre del otro bando. La serpiente que se tragaba Ecuador, provincia por provincia, de repente se transformó en un dragón que devoró todo el territorio de un bocado. La realidad es que el país tranquilo que un día fuimos ya no existe, todo ha cambiado, llegó el fin del mundo.
Habiendo sobrevivido a cuatro de ellos, puedo decir que lo peor del fin del mundo es que el mundo no se acaba. La sacudida te golpea, te tira al piso, te levantas, te das cuenta de que todo ha cambiado, todo es extraño, y no sabes si podrás vivir de nuevo, pero no es el fin. El mundo puede volverse un lugar desconocido, lúgubre, incierto, aterrador, pero sigue girando. El tiempo sigue pasando. El amanecer y el atardecer llegan, sin importar que no quieras levantarte de la cama o salir a la calle.
Es cuando debes reunir toda la fuerza que te queda para volver a repetir tu rutina solo una vez más. Te llevas contigo las piedras de la duda y el desánimo, sin saber cuándo podrás sentir la suficiente seguridad y soltarlas. Eso es lo más difícil cuando se acaba el mundo: lo que viene después. Un día podría ser fácil y querrás hacerlo de nuevo, otro día será difícil y no verás el objetivo. Seguirlo intentando no te asegura que las cosas mejorarán, es algo que se hace por pura fe. Al final, la recompensa de vivir un día a la vez es eso: seguir viviendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario