sábado, 16 de marzo de 2024

Su olvido

Por Frank Armando Clemente

Escucho voces. Antiguas y difusas voces en mi mente, diciéndome: “No se debe fumar. Ello puede matarte”. Entonces pienso: ¡Fumar es malo!

No obstante, aquella persona allá al fondo, en el balcón, parece no saberlo. O, de saberlo, le vale un carrizo su salud, pues, se ve tan relajada y hasta complacida con aquel cigarrillo en sus manos. Tanto, que lo menos que parece es ser una persona con miedo a morir a consecuencia de ello.

Pero también curiosa es esta extraña sensación que siento en mi garganta al momento de ver a aquella persona inhalando el grisáceo humo de su cigarrillo y retenerlo con algo de placer en su interior.

“Creo... ¿en algún momento de mi vida he sido un fumador?”, pienso, ¡no sé! Ello aún no está claro en mi memoria.

Dirijo lentamente la mirada hacia el lado izquierdo y enseguida esta se topa con una grande y pálida pared. Algunos diplomas y cuadros en ella colgados comienzan a mirarme. Me miran con ternura. Creo me quieren decir cosas, pero en un lenguaje que no comprendo. Creo quieren decirme que son, todos ellos, por mí conocidos ¡Decirme que son amigos! Algo aquí adentro me dice que es así. Pero poco recuerdo.

Mis manos, estas que con gran dificultad logro hoy apenas articular, sé que a muchos de esos objetos sobre aquellos estantes a unos metros de mí, en algún momento de mi vida los sostuvieron... objetos cuyos nombres en este momento de mi memoria escapan. Siento deseo de nuevamente entre mis manos tenerles, y pedirles aclaren mi mente. Sin embargo, estas manos ya no se mueven a voluntad. Solo están allí: débiles, posadas sobre los fríos laterales de esta muy triste silla de ruedas.

Pero no siempre estuvieron allí, ¡Puedo ahora algo recordar! Sé que mis manos fueron hábiles. Y aquellas herramientas y demás objetos sobre aquellos estantes, en mis manos, fueron felices. Por eso me miran con tanta añoranza, como deseando los tome de nuevo entre mis manos y vuelva  darle vida a nuestro apasionado idilio.

Ahora lo que veo es a ellos: a este grupo de personas de cuerpos jóvenes y espíritu brioso como lo fui yo algunos años atrás. Cuando sentía que con la fuerza de mi espíritu podía hacer girar al mundo más deprisa; hoy apenas soy capaz de mover este viejo cuerpo aún mío.

¡Ahora simplemente es su momento! El momento de ellos, manipulando mis herramientas y equipos. Moviéndose libremente por este espacio, mi antiguo laboratorio, haciendo pruebas, tomando muestras, llevando apuntes. Haciendo lo que algún momento yo hacía y luego les enseñé hacer y les indiqué para que continuaran, a sabiendas que ya mis capacidades iban menguando.

---¿Papá?--- Se dirige a mí, mi hija, al notar que entro en una repentina etapa de lucidez. Que vuelvo a disfrutar nuevamente de las bondades de la memoria.

Mis ojos se posaron sobre aquella joven a mi lado, con mi corazón rebosante de amor, pues lograba reconocer nuevamente a mi princesa. Una de mis manos logró elevarse lo suficiente y acariciar su rostro aterciopelado.

---¿Cómo van?--- Logré con algo de esfuerzo articular palabras.

---Se avanza mucho, padre, ¡pronto lo lograremos! Gracias a tus investigaciones daremos pronto con la cura. Y serán muchas las personas que evitarán pasar por lo que usted y muchas otras personas en el mundo están pasando, querido padre.---

Comencé a sentir nuevamente esa muy ingrata sensación de vértigo. Comenzaba mi memoria a flaquear, a traslucirse ante el lúgubre fondo del olvido. Y me prepare para lo que ya sabía pronto sucedería.

---¡Te quiero mucho, hija!--- logré nuevamente articular palabras. De ella brotaron un par de lágrimas mientras besaba con gran dulzura mi frente.

Y como triste embarcación, siendo engullida por aguas del protervo mar, así se fue desvaneciendo mi memoria. Me fui diluyendo en los dédalos de mi mente, en mi muy reducido mundo, sumiéndome en la nada, con la mirada fija en la plaquilla de identificación sobre la bata de mi hermosa hija:

“Doctora Jacinta Cortez-
Médico Jefe de Investigaciones del Alzheimer.”


Semblanza
Administrador Comercial de profesión, Frank Armando Clemente Ruiz es un Venezolano, apasionado a la lectura, que ha venido trabajando desde el año Dos Mil Veintiuno en el desarrollo y exposición de su trabajo literario, al cual se aboca como paliativo  frente a la compleja situación socioeconómica que experimentan los países latinoamericanos y en especial su país. Fue allí, en la expresión literaria, donde encontró algo de sosiego. Las buenas críticas hacia sus obras lo motivan a participar en concursos y convocatorias, logrando participación en importantes medios impresos y digitales en México, España Argentina, Colombia, Perú y Venezuela. Logros que le mantienen muy despierta su pasión por las letras hasta el sol de hoy. Hasta que su lápiz se canse de exteriorizar sus pensamientos y sentires. 

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